Redetis

Suscribirse a canal de noticias Redetis
Educación, Trabajo e Inclusión Social para America Latina
Actualizado: hace 1 hora 15 mins

Editorial. Educación y acceso al trabajo

Mié, 24/05/2017 - 15:08

No hay duda de que el enunciado del Objetivo de Desarrollo Sostenible 8, formulado en términos de “promover el crecimiento económico sostenido, inclusivo y sostenible, el empleo pleno y productivo y el trabajo decente para todos”, condensa muchas de las demandas de los sectores vulnerables e inclusive de las capas medias de nuestra región. Éste, junto con el ODS 4 (“garantizar una educación de calidad inclusiva y equitativa, y promover las oportunidades de aprendizaje permanente para todos”) están en el centro del interés de este portal. Ambos forman parte del camino de un aprendizaje histórico virtuoso de circulación entre la educación, el acceso al mundo del trabajo y la participación en sociedades con crecientes niveles de inclusión.

Este modelo vivenciado intergeneracionalmente fue elaborado posteriormente por la investigación sobre las relaciones entre educación y acceso al mercado del trabajo, como parte central del pensamiento del enfoque del capital humano. Ahí se acumuló evidencia empírica que asoció estrechamente el incremento de los niveles educativos con mayores oportunidades de acceso al mercado de trabajo, y convirtió esa relación en un modelo de causalidad. Si bien verosímil en líneas generales, este modelo no dio cuenta del conjunto de la realidad. Particularmente, la reiterada aparición de casos en los que aun con altos niveles educativos, aparecieron de manera sistemática restricciones de ingreso a puestos de trabajo. Es decir, a la concreción del sueño de que la educación era la vía regia de acceso al trabajo. El motivo detrás de ello es que si bien esta relación funciona en líneas generales, su éxito depende de la articulación con otros tres factores: el peso relativo de los grupos etarios de la población que entran a la población económicamente activa –o sea, la demografía–; la calidad y pertinencia de la educación que reciben, y la oferta de puestos disponibles, resultante de los modelos de desarrollo.

Flickr bajo Licencia CC

Recientemente se ha renovado el interés sobre el último tema: el número de puestos de trabajo. Los efectos no deseados de los cambios en los procesos productivos se discuten desde el siglo XIX, cuando frente al proceso de mecanización de la industria textil, los obreros desplazados por tales cambios se resistieron a ellos destruyendo las máquinas. Desde hace cuarenta años esta preocupación se ha reiterado más de una vez. Sus referencias obligatorias son, en los años 80, la obra de Alvin Toffler sobre la tercera ola y, a mediados de los 90, los aportes de Jeremy Rifkin sobre el fin del trabajo. En líneas muy generales, ambos proponen procesos de redistribución del mismo, necesidad que surge del hecho de que, al aumentar la productividad como resultado de la introducción de nuevos procesos, se produce una disminución del número de lugares disponibles para trabajar. Esto hace que sea necesario distribuir los pocos puestos entre los muchos trabajadores, disminuyendo la jornada de trabajo para que alcance para todos.

Ahora el interés resurge ligado con los impactos de la robotización y la automatización, como etapas superiores de la mecanización del siglo XIX. Algunas voces señalan que en treinta años habrá la mitad de los empleos que hay ahora. Mientras tanto, hay evidencia que señala que la característica de estos cambios es que, hasta los años 80, se trataba de un proceso de complementación humano-máquina, mientras que ahora se trata de un proceso en que computadoras y robots sustituyen a los trabajadores. La imagen amenazante de un robot ensamblando autopartes en una fábrica ultramoderna es algo poco familiar para la mayoría de nosotros y eso hace que vislumbremos ese horizonte como lejano. Sin embargo, si se piensa desde una perspectiva de la vida cotidiana, resulta notable registrar en cuántos momentos ya estamos interactuando con máquinas. Desde los “follow-me” de los contestadores telefónicos de diversos servicios, en los que resulta casi imposible dar con la voz humana, a las prácticas comerciales del mundo de la aviación, que exigen al cliente producir su propio pase a abordo, o la facturación y el pago autogestionado en los grandes supermercados, se empieza a producir ahora un movimiento hacia los sistemas automáticos. A veces porque es más rápido, otras porque es la única alternativa. En otros casos, y lejos de las grandes naves fabriles, en algunos hogares empieza a haber robots que se autorregulan, como las máquinas de limpiar pisos. Es decir, que las iniciativas de empleadores, industriales y comerciantes hacen entrar la automatización en nuestras vidas en dosis homeopáticas, aunque de manera irreversible. Otro aspecto de este proceso, concomitante aunque no resultante directo del mismo, según declaraciones del Director de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) para América Latina y el Caribe, es que para la región el aumento de la desocupación y de la informalidad configura una “crisis en cámara lenta” que afecta especialmente a las mujeres y a los jóvenes. La informalidad, como se reseña en el Tendencias en Foco número 31, incluye un importante número de trabajos callejeros que son resultado de la necesidad de la inventiva popular para abordar la supervivencia. Además de entender el trabajo como un recurso para la supervivencia, con estas nuevas estructuras laborales cabe preguntarse qué pasará con la noción de “la corrosión del carácter” que tan agudamente analizó Richard Sennet, en relación con la rotación en puestos de trabajo que, en el mejor de los casos, promovía el nuevo capitalismo.

Flickr bajo Licencia CC

¿Y qué pasa con la educación frente a este escenario de cambio? En una reciente mesa redonda realizada en el marco de la Universidad de San Martín, Argentina, autoridades de exitosas instituciones de formación profesional señalaban la deuda que existe en términos de rapidez de respuesta de parte el sistema educativo hacia el sistema productivo. Es conocido el desajuste existente entre las tecnologías que se imparten en las escuelas técnicas y las que se utilizan en el mundo del trabajo. En fin, la conocida anécdota del torno manual con el que trabajan los chicos en la escuela, frente al torno computarizado que usan las empresas. Esto significa que es urgente cerrar la brecha actual entre gestión del conocimiento y gestión de la producción, y asumir el desafío de que la escuela sea lo más parecida posible al espacio del trabajo, al tiempo que el espacio laboral valore las contribuciones que los chicos llevan de las escuelas. Cuanto más rápido suceda esto, más fácil será superar la situación actual de desocupación y angustia juvenil que se produce mientras buscan un lugar en la estructura social.

Dossier

Para conocer más acerca de este tema, recomendamos consultar las siguientes lecturas:

El Confidencial | Un libro vaticina el final del trabajo: “en 30 años habrá la mitad de empleos”

El País | ¿Puede un robot sustituirte en el trabajo?

InfoTechnology | La mitad de los trabajos desaparecerán para 2055

La Nación | ¿Trabaja cada vez más gente, aun con más máquinas?

Nueva Sociedad | El crespúsculo de la jornada laboral: Cambios y amenazas en la era digital

Nueva Sociedad | El fin del trabajo (tal como lo conocemos)

Nueva Sociedad | El mercado laboral en América Latina: pasado, presente y futuro

Nueva Sociedad | Salazar Xirinachs: «El número de desocupados en América Latina aumentó en 2016 y se prevé otro aumento en 2017»

Oficina Internacional del Trabajo | Notas OIT: La formación para el trabajo en Argentina

Categorías: RSS